sábado, 21 de abril de 2018

Fortuna

Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.

Ida Vitale

Ayer descubrí que he querido ser un hombre desde que era pequeña, porque aún en mi inocencia me di cuenta de que el poder de decisión, la libertad y el brillo les había sido dado a ellos, no a nosotras; no por naturaleza, sino por sociedad. No queda más que transformar el daño imperceptible del patriarcado en aprendizaje y agradecer la fortuna de ser la que soy, y no otra que haya sufrido más, siendo también inocente.

jueves, 12 de abril de 2018

Uno es...

Cuando llegué a Letras ni siquiera sabía quién era Sergio Pitol. Hasta la fecha, he leído poco de él, pero eso poco ha sido un reto por la elevada calidad de su prosa. Me tocó ayudar a organizar el número de la revista de la Editora cuando lo nombraron Premio Cervantes, incluso llevé pruebas del fragmento de El Mago de Viena a su casa, pues ya que tan amablemente había cedido la oportunidad de publicarlo, no podía salir mal. Por esos días Martha, mi jefa y su asistente a la vez, me regaló audios de escritores, entre ellos el Nocturno de Bujara. Pero lo que me dejó Sergio Pitol, hoy que ha partido, fue una sonrisa disfrazada de breve y simple atención.

Habíamos tenido examen parcial de Literatura Rusa con él. Sus clases eran miniconferencias magistrales en las que nos preparábamos con mucha tinta para anotar lo que decía -y casi todo era interesante, en serio- también con algo de paciencia pues los estragos de la afasia comenzaban a aparecer. A la hora del examen pidió un ensayo sobre Primer amor, de Iván Turgueniev, o sobre Caoba, de Boris Pilniak. Yo elegí la primera porque me había atrapado mientras que la segunda, aunque lo intenté, no pude leerla más allá de la décima página. Arranqué dos hojas de mi libreta y escribí a lápiz tendido durante hora y media sin parar, todo lo que pude, sin esperar gran cosa de la calificación, pues no tenía -ni tengo hasta la fecha- idea de los criterios que utilizaría un escritor como él para considerar como mínimamente aceptable la opinión de una lectora inexperta de 20 años de edad.

Pasó una semana y media. Estábamos nuevamente en el tercer piso -no había salones disponibles a la hora de Pitol en el segundo piso, donde siempre estábamos, así que para su clase había que subir al tercero- y sería como la una de la tarde. Nos dio un descanso de 15 minutos, en los cuales algunos compañeros aprovechaban para conversar con él, mientras otros nos íbamos al barandal, a disfrutar del paisaje que ofrecían 3 árboles viejos, un césped negro de humedad y la calle de atrás de Humanidades. Entonces él salió, miró a la izquierda, luego a la derecha, cruzó palabra con uno, con dos, alguien le hizo una pregunta. Yo procuraba guardar silencio y no mirar demasiado porque prefiero pasar inadvertida, será justamente porque eso es algo que cierta broma de la naturaleza nunca me ha permitido. Mi anhelo único de esa época era no existir. Estábamos por entrar al salón cuando volteó a verme y me dijo:
- Tú eres P, ¿verdad?
- Soy L -le respondí con extrañeza que ahora pienso, podría haber sonado a aspereza.
- Leí tu ensayo sobre Primer amor. Está muy bien. Felicidades. Deberías escribir más... -remarcó con el índice apuntando a mi rostro, como si dijera "no te escondas" mientras daba media vuelta para regresar a la cátedra, dejándome muda y a mis compañeros eufóricos, picándome las costillas como la digna porra ñoña que éramos.

La verdad es que yo casi no participaba en la clase, no me atrevía a cuestionar lo que no sabía, empezaba a hartarme de la carrera y mis objetivos básicos eran aprobar la materia y aprender todo lo que pudiera. A cambio de mi nula ambición, recibí en la clase de Pitol el boleto sin regreso a una literatura incomparable (los rusos tienen una manera de decir las cosas que vuelan la cabeza), la sensación de estar viviendo una experiencia irrepetible para futuras generaciones y sobre todo, algo que yo llamaría un empujón, de esos leves que se dan juntando el índice con el pulgar, un empujón para seguir hacia donde yo quisiera. No sé a dónde voy todavía, pero me acuerdo y sonrío con una mueca, mientras intento hacer lo mismo con dos que tres almas mucho más jóvenes (pero quizá más listas de lo que yo era entonces) ahora que me toca a mí deambular por las aulas.

Tiempo después me enteré de que la sencillez de don Sergio que creí percibir en clases era proverbial. Tal vez por la edad, pero más que un escritor conocí a un niño. Supe, por ejemplo, que él profesaba mucho respeto a los profesores de la facultad; que pasó gran parte de su infancia aquí cerca de mi pueblo; que le gustaba ver El Clon -en su versión original, la brasileña- que recibía de buena gana a quien lo visitara. Mucho más no sé. Forma parte del recuerdo lejano de un tiempo en el que mis sueños desordenados no concordaban con mi vida rutinaria. Nunca me devolvió mi ensayo, ojalá lo tuviera para recordar quién era la que escribía y cómo escribía durante esos años perdidos. Y digo perdidos, porque estoy de acuerdo con la única frase que de él me sé de memoria: "Uno es una suma mermada pro infinitas restas". Creo que hasta hoy había restado esto a mi extraviado rumbo. Agradezco que el dulce paso de la muerte me lo haya traido de vuelta

Dos cosas más agrego: mi anterior texto en este blog también trató de muerte y gratitud, es raro. Luego, este sitio cumplió 10 años en marzo pasado. Lo abrí sobre la mesa del comedor de la casa de mi tía, en tierras mayas, mientras formulaba el deseo de que el calor nunca llegara. Pero llegó el calor extremo con diez años de momentos de (in)salud mental para escribir. Pocas, pero precisas, las hojas verdes de este rincón increíblemente no se han muerto. Veremos cuándo se animan a florecer.


lunes, 15 de enero de 2018

Toledo

Me dije que nunca contaría esto pero hoy me siento con ganas de hacerlo. Hace 4 años, durante la temporada más larga de las varias veces que mi mamá estuvo internada, me encontraba yo en el hospital viéndola dormir. No tenía mucho qué hacer y sí mucho en qué pensar. Abrí la libreta que siempre llevo en la bolsa y me puse a escribir una lista con los nombres de todas las personas que nos habían brindado ayuda durante ese difícil tiempo. No tenía idea de los meses que nos faltaban por recorrer, no pensé que esa columnita de nombres se convertiría en dos hojas bien llenas, desde los familiares y amigos que la visitaron, que nos llamaron, se movieron sin dudar para conseguir lo que necesitáramos, pasando por médicos, enfermeras, el policía que me saludaba amablemente todas las mañanas, las señoras de cocina que nos invitaban comida y café en la última clínica que estuvo porque prácticamente vivíamos ahí, hasta el muchacho de la cafetería en Veracruz que con tanta delicadeza silenciosa me dio un té cuando me vio desconsolada en una mesa, después de explicarle a mi familia lo que me había dicho el oncólogo aquella mañana. Recuerdo que a los pocos días cerraron esa cafetería y no pude agradecerle con más tranquilidad el gesto de ese té que me ayudó a recuperar la voz. Tengo los nombres de las señoras que vinieron a la casa durante más de 6 meses a platicar y a orar con ella, a darle abrazos. Recuerdo a cada persona que quiso estar, porque su presencia voluntaria y amorosa de aquellos días me hizo creer de nuevo en el Dios que se llevaba a mi madre poco a poco.
Este fin de semana una de esas personas inesperadamente se fue, con su juventud, su talento para la medicina y su gran simpatía. Pasó los últimos dos meses de la vida de mi madre visitándola a diario, cuidando de su salud y contándole cosas graciosas. Cuando ya no había más que esperar, dejamos de verlo, parece que se encariñó tanto con ella que prefirió no presenciar su partida. Me dolió la noticia porque cuando alguien te brinda un conocimiento o un servicio con tanta humanidad, cuando alguien resuelve con una llamada y tan de buen humor lo que te ha costado horas de angustia intentar solucionar, no se puede más que decir gracias. Paso por aquí a decir que sigo dando gracias por las personas que iluminaron mis horas más oscuras y las de cualquiera que esté leyendo esto. Si sólo para ese fin existimos, más lo agradezco.
Y bueno, estoy leyendo que también murió Dolores, la vocalista de The Cranberries. Ojalá hubiera sabido cuántos nos emocionamos alguna vez con su voz. Todo lo que nos hace sentir la vida con más intensidad, se agradece.

https://youtu.be/SHoHIL2ABVQ

lunes, 21 de agosto de 2017

El cielo guarda la edad

Creo que uno de los recuerdos más importantes que tengo de la infancia, es haber presenciado el eclipse total de sol del 11 de julio de 1991.
Hoy conocí a mis nuevos alumnos, y entre la presentación y los temas del día, les conté cómo todo parecía nublarse y luego se oscureció; cómo las gallinas de mi patio se subieron a dormir al árbol de guayaba, y cuando todo pasó, el gallo volvió a cantar como si hubiera amanecido y los demás animalitos se levantaron de sus rincones a "empezar" el día de nuevo. Les conté de mis vecinos, que tenían baldes de agua para ver el reflejo de los astros, recordé a mi adorado abuelito, que como buen mecánico tenía algún casco de soldar viejo al que le quitó unos vidrios gruesos y pesados para que sus nietas pudiéramos observar, por unos segundos, cómo la Luna devoraba al Sol.
Ahora que lo pongo en palabras, pienso que en ese momento comprendí que las fuerzas de la naturaleza van más allá de los alcances humanos. Sentí mucha emoción y algo de miedo. Les conté todo eso porque me parece hermoso que alguien pueda vivirlo también, aunque sea un eclipse parcial y ellos estén en la escuela. Supongo que la delicia de tener unos añitos encima es que ya tengo algunas cosas maravillosas qué contar 

viernes, 30 de junio de 2017

Como la cigarra

Hace casi dos años, en Cuba, alguien me regaló esta canción sin saber lo que significaba para mí. Siempre me gustó por la letra y la intérprete, aunque no sabía quién era la autora. Yo diría que fue un regalo-promesa, una señal, pero no era el momento de cantarla, no tenía la fuerza necesaria.

Hoy, a plena mitad del año, puedo entender muchas cosas y las que no entiendo, las acepto con profundo amor. Gracias infinitas por esta vida buena. Gracias por lo que ha sido y por lo que será.

"Cantando al sol como la cigarra,
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra."

jueves, 15 de junio de 2017

Soberbia

Satanás se creía el más bello, el más inteligente, el más atractivo, el más hábil, el más fuerte. Por eso Dios Padre, su creador, el más callado, el más sutil, el más sabio, el más compasivo, le dio un empujón hacia esta tierra, donde vino a vivir sin mucho entusiasmo entre los mortales. Aquí Satanás aprendió que la vida no es justa pero es buena y que todos caen en la tentación de sentirse como él, o sea, que todos tienen algo de ángeles caídos y que él es más común y más corriente de lo que a su espejo le parece diariamente.

Esta es una verdad que todos conocen, pero pocos, muy pocos, procuran recordar.

lunes, 12 de junio de 2017

Que la vida es eso

Hoy me enteré de una noticia triste.

Un hombre al que vi sólo unos cuántos minutos, hace casi un año, se fue hoy, en punto de las 2 de la tarde.

Hace un par de semanas estaba bien. Enfermó de una cosa, resultó otra, el avance no pudo detenerse y hoy, después de que su cerebro dijera ya no más, los familiares se dispusieron a permitirle descansar.

Dejó una joven viuda y dos pequeños hijos.

Lo interesante es que dejó también un buen recuerdo entre quienes lo conocieron.

Era solícito, ayudaba a sus compañeros, tenía disposición, hacía de su lugar de trabajo un espacio mejor, en medio de las arbitrariedades, el estrés y la corrupción.

Era bueno en lo que hacía, nada extraordinario, pero lo hacía con gusto, con conocimiento, con confianza. Sí, era confiable.

Era joven, confiable y trabajador.

Yo sólo sé lo que cuentan. Hablé con él 15 minutos, hace casi un año, y a mí también me ayudó.

Es extraño. Me pareció percibir en su voz cierto tono de serenidad que poseen las personas libres de complicaciones.

Me enteré 10 minutos antes de su muerte. Tres horas antes, había leído un texto de Óscar de la Borbolla, sobre la perogrullesca verdad de que felicidad y éxito son sinónimos. ¿Quién dice?

¿Y quién dice que alguien común, trabajador, sencillo, alguien que se va un lunes cualquiera por la tarde, no habrá sido feliz?

Seguramente lo fue.

Fortuna

Por años, disfrutar del error y de su enmienda, haber podido hablar, caminar libre, no existir mutilada, no entrar o sí en iglesias, leer...